Mitósfera

Podríamos caracterizar las poco más de veinte telas que componen la Mitósfera de Daniel Kent, como un conjunto de ventanas que están ahí para que nos asomemos a los mundos que contienen, como alguien que desde la luneta del teatro, presencia una puesta en escena dramática.

Ya sea que conceptualicemos las pinturas de la Mitósfera de Daniel Kent como escenificaciones de obras teatrales —por su densidad, quizá sería más preciso hablar de óperas— o como manifestaciones de la voluntad de crear mundos nuevos, un hilo conductor que comparten es su alto contenido dramático; peculiaridad que no se circunscribe a las historias que nos cuentan sus pinturas, donde suceden oscuras ceremonias rituales, percibimos un hermético misticismo o avistamos algunas referencias literarias. No, el drama también reside en los abigarrados escenarios donde ocurren las historias o en sus habitantes, esa variopinta colección de animales fantásticos —baldanders, les llama Daniel—, solemnes sacerdotes renacentistas, aguerridos guardianes medievales, circunspectos predicadores y, por supuesto, muchachas —«la criatura mejor realizada del universo», Dante, dixit—, hartas muchachas, las suficientes como para que nos quede claro que son las protagonistas, que todo gira en torno a ellas. Igual contribuyen al drama la dinámica cromática, las formas intrincadas, las limpias líneas y la densa materia que colman las superficies donde no existe espacio intocado y el trazo y el pigmento conviven, definiendo los planos. Y todo ese drama, toda esa riqueza, todas esas representaciones, todos esos mundos, toda esa Mitósfera, es resultado de la capacidad técnica de Kent, de la precisión de su línea, de su particular manejo del color y de la materia. Las escenas que se desarrollan sobre las grandes telas no son resultado de un plan, sino producto de un azaroso e intuitivo proceso que, a partir de las primeras manchas sobre la tela en blanco, van tomando forma en la medida en que el oficio de Kent consigue provocar, interpretar y dirigir el accidente

Pero, la idea de la representación dramática tiene limitantes. Y las limitantes no son buenas, sobre todo si andamos por la Mitósfera. La noción de ventanas resulta estática. Es mejor imaginarlas como aberturas —¿puertas?— por las que podemos entrar para visitar las escenas, como si pudiésemos subir al escenario mientras se desarrolla la obra y caminar entre los personajes, interactuar con ellos. Y lo mejor: la posibilidad de que los habitantes de esos mundos imaginados por Kent, haciendo acopio de audacia y valentía, traspasen el umbral y visiten nuestro espacio. De manera que un día cualquiera podríamos encontrarnos alguna de las extrañas criaturas que habitan la Mitósfera de Daniel Kent, caminando por los pasillos del museo. ¿Se imaginan?

Avelino Sordo Vilchis

Muestra Completa

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